18Feb
La defensa como arquitectura del relato
En teoría, el derecho a la defensa es un pilar del debido proceso. En la práctica, a veces se convierte en una ingeniería narrativa.
Cuando una persona es señalada por una conducta indebida, puede optar por revisar lo ocurrido o por revisar el relato. La diferencia no es menor: en el primer caso se examinan hechos; en el segundo, se administran versiones.
Cuando una persona es señalada por una conducta indebida, puede optar por revisar lo ocurrido o por revisar el relato. La diferencia no es menor: en el primer caso se examinan hechos; en el segundo, se administran versiones.
La literatura en psicología social describe patrones donde el acusado niega, cuestiona al denunciante y, finalmente, invierte los roles para presentarse como agraviado. No siempre se trata de una negación frontal. A veces es una secuencia más sofisticada:
lo que fue sanción se presenta como decisión propia,
lo que fue medida institucional se narra como retiro voluntario,
lo que es un proceso abierto se fragmenta y se reubica en otro escenario.
El resultado no necesariamente borra los hechos, pero sí los vuelve discutibles. Y cuando todo es discutible, nada parece concluyente.
En paralelo, quien denuncia enfrenta una tarea poco visible: sostener la memoria. Recordar fechas, ordenar eventos, resumir una y otra vez. No para convencerse, sino para evitar que el relato se diluya entre reformulaciones interesadas.
Aquí aparece un fenómeno curioso: la carga de la claridad recae en quien señala, mientras la elasticidad del relato favorece a quien responde. La burocracia, con su propio ritmo, puede convertirse sin quererlo en aliada de las versiones móviles.
Nada de esto invalida el derecho a la defensa. Pero sí invita a distinguir entre defenderse de una acusación y defender una imagen. Son operaciones distintas.
En entornos profesionales, especialmente en aquellos que trabajan con la confianza de otras personas, la coherencia entre versiones, tiempos y contextos debería ser un indicador tan relevante como cualquier argumento brillante.
Porque la verdad, a diferencia del relato, suele tener menos ediciones. Este texto dialoga con estudios sobre autojustificación, gestión de imagen e inversión de roles en contextos de conflicto. Véase, por ejemplo, el patrón DARVO descrito por Jennifer J. Freyd, así como literatura en psicología social y forense sobre manejo de reputación.
Autora: Gissella Vega Biorggio
El resultado no necesariamente borra los hechos, pero sí los vuelve discutibles. Y cuando todo es discutible, nada parece concluyente.
En paralelo, quien denuncia enfrenta una tarea poco visible: sostener la memoria. Recordar fechas, ordenar eventos, resumir una y otra vez. No para convencerse, sino para evitar que el relato se diluya entre reformulaciones interesadas.
Aquí aparece un fenómeno curioso: la carga de la claridad recae en quien señala, mientras la elasticidad del relato favorece a quien responde. La burocracia, con su propio ritmo, puede convertirse sin quererlo en aliada de las versiones móviles.
Nada de esto invalida el derecho a la defensa. Pero sí invita a distinguir entre defenderse de una acusación y defender una imagen. Son operaciones distintas.
En entornos profesionales, especialmente en aquellos que trabajan con la confianza de otras personas, la coherencia entre versiones, tiempos y contextos debería ser un indicador tan relevante como cualquier argumento brillante.
Porque la verdad, a diferencia del relato, suele tener menos ediciones. Este texto dialoga con estudios sobre autojustificación, gestión de imagen e inversión de roles en contextos de conflicto. Véase, por ejemplo, el patrón DARVO descrito por Jennifer J. Freyd, así como literatura en psicología social y forense sobre manejo de reputación.
Autora: Gissella Vega Biorggio
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