Pregunta:
¿Quien se escribe o se expone no es realmente una persona herida?
Respuesta:
Que una persona escriba lo que vivió no significa que la herida desapareció.
Significa que dejó de esconderla.
Escribir no borra el golpe, pero le cambia la dirección: del cuerpo hacia la conciencia.
Convertir una experiencia en lenguaje es una forma de ordenar el caos, de destilar lo vivido hasta encontrar el hilo que lo explica. La escritura no es un espectáculo, ni una forma de mendigar consuelo; es un método para entender qué nos pasó, por qué nos pasó y qué hacemos ahora con eso.
Exponerse no es debilidad.
Debilidad es quedarse atrapado en una historia que uno no puede nombrar.
Quien escribe su herida la vuelve pensamiento.
Y cuando algo se piensa, deja de gobernarnos desde la sombra. Podemos observarlo, desmontarlo, reinterpretarlo. A veces incluso perdonarlo. No siempre, pero al menos comprender cómo esa marca se metió en nuestra manera de mirar el mundo.
Escribir es también un acto de soberanía:
la palabra devuelve territorio.
Ahí donde antes había confusión, aparece estructura.
Ahí donde solo había dolor, surge una versión de mí que entiende y elige.
No, escribir no te convierte en alguien “no herido”.
Te convierte en alguien que aprendió a mirar su herida sin bajar la cabeza.
Y eso, aunque duela, es libertad.
Lectura recomendada Annie Ernaux — El acontecimiento Un texto que muestra cómo la palabra puede ser un bisturí que abre, pero también un lugar donde por fin se respira.
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Bienvenida a mi espacio, soy Gissella Vega Biorggio, educadora, escritora y creadora de contenido. Aquí encontrarás mis proyectos, reflexiones y publicaciones.
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