24Ene
La revictimización en cadena: cuando denunciar no basta
El paciente inicia un viaje con una premisa simple: pedir ayuda.
Llega a terapia porque confía. El terapeuta está acreditado, tiene consultorio, discurso, trayectoria, respaldo institucional. Todo —al menos en apariencia— indica que se trata de un espacio seguro.
Pero el terapeuta cruza límites. Comete una mala práctica. Y desde ese momento el paciente no solo carga con los motivos que lo llevaron a consulta: carga, además, con un daño extra, un daño agregado, proveniente de quien debía cuidar.
Pero el terapeuta cruza límites. Comete una mala práctica. Y desde ese momento el paciente no solo carga con los motivos que lo llevaron a consulta: carga, además, con un daño extra, un daño agregado, proveniente de quien debía cuidar.
Ahí empieza la segunda etapa del viaje: entender lo ocurrido.
El paciente busca otros profesionales, no para “seguir creciendo”, sino para que alguien traduzca la experiencia: qué fue, cómo se llama, por qué no se vio venir, por qué resultó tan confuso. Y ese intento de traducción exige dinero, energía y algo todavía más caro: volver a confiar en un vínculo similar al que ya lo destruyó.
Con el tiempo, el paciente denuncia.
Y entonces descubre una tercera etapa: el sistema no está diseñado para cuidar a quien denuncia, sino para resistir la denuncia. Aparecen las barreras, la demora, la burocracia, el desgaste. El gremio se cierra. La institución protege al acreditado. Incluso cuando existen pruebas —audios, mensajes, contradicciones, admisiones— la narrativa empieza a desplazarse..
El terapeuta ya no solo niega: reformula.
Cambia el relato. Ajusta el contexto. Reescribe el vínculo.
Lo que antes fue responsabilidad se vuelve “malentendido”.
Lo que antes fueron hechos se convierte en “no pasó así”.
Y aparece una frase que opera como golpe retórico: “Las víctimas no hablan.”
Es decir: si hablas, no eres víctima. Si callas, entonces no existe daño.
El paciente entra en un laberinto donde cualquier salida se usa en su contra.
Después, el paciente hace algo que parece obvio pero no lo es: escribe. No para destruir la terapia, sino para nombrar lo que no se nombra. Construye un mapa, un glosario, un diccionario de mecanismos: control, manipulación, extralimitación, confusión inducida, inversión de culpa. Lo escribe con una idea práctica y urgente: si yo hubiera tenido estas palabras antes, habría comprendido más rápido… y habría salido a tiempo.
Y cuando finalmente lo expone, llega otra forma de rechazo: más pulida, pero igual de eficaz.
—¿Por qué escribes contra la terapia?
Ese es el punto ciego social. Al paciente se le exige confianza “para sanar”, pero se le castiga cuando denuncia lo que vivió dentro del espacio en el que confió. Se le pide valentía, pero se le penaliza por ejercerla. Se le dice que hable, pero cuando habla, se le acusa de querer fama. Se le exige prueba, pero cuando la prueba existe, se relativiza. Se le pide que no generalice, pero se le prohíbe contar su caso.
Al final, el paciente paga todo: abogado, tiempo, salud, credibilidad, más terapias, más reconstrucción, más explicaciones. Y además pone su nombre en un libro —que es también un riesgo— para que otros no tengan que caminar a ciegas.
Con el tiempo, el paciente denuncia.
Y entonces descubre una tercera etapa: el sistema no está diseñado para cuidar a quien denuncia, sino para resistir la denuncia. Aparecen las barreras, la demora, la burocracia, el desgaste. El gremio se cierra. La institución protege al acreditado. Incluso cuando existen pruebas —audios, mensajes, contradicciones, admisiones— la narrativa empieza a desplazarse..
El terapeuta ya no solo niega: reformula.
Cambia el relato. Ajusta el contexto. Reescribe el vínculo.
Lo que antes fue responsabilidad se vuelve “malentendido”.
Lo que antes fueron hechos se convierte en “no pasó así”.
Y aparece una frase que opera como golpe retórico: “Las víctimas no hablan.”
Es decir: si hablas, no eres víctima. Si callas, entonces no existe daño.
El paciente entra en un laberinto donde cualquier salida se usa en su contra.
Después, el paciente hace algo que parece obvio pero no lo es: escribe. No para destruir la terapia, sino para nombrar lo que no se nombra. Construye un mapa, un glosario, un diccionario de mecanismos: control, manipulación, extralimitación, confusión inducida, inversión de culpa. Lo escribe con una idea práctica y urgente: si yo hubiera tenido estas palabras antes, habría comprendido más rápido… y habría salido a tiempo.
Y cuando finalmente lo expone, llega otra forma de rechazo: más pulida, pero igual de eficaz.
—¿Por qué escribes contra la terapia?
Ese es el punto ciego social. Al paciente se le exige confianza “para sanar”, pero se le castiga cuando denuncia lo que vivió dentro del espacio en el que confió. Se le pide valentía, pero se le penaliza por ejercerla. Se le dice que hable, pero cuando habla, se le acusa de querer fama. Se le exige prueba, pero cuando la prueba existe, se relativiza. Se le pide que no generalice, pero se le prohíbe contar su caso.
Al final, el paciente paga todo: abogado, tiempo, salud, credibilidad, más terapias, más reconstrucción, más explicaciones. Y además pone su nombre en un libro —que es también un riesgo— para que otros no tengan que caminar a ciegas.
Eso no es “hablar mal de la terapia”.
Eso es defender el criterio, la ética y el derecho a nombrar lo vivido.
Porque cuando denunciar no basta, lo que queda es esto:
dejar registro.
dejar lenguaje.
dejar evidencia simbólica y estructura.
Para que el daño no se repita con la misma impunidad.
Eso es defender el criterio, la ética y el derecho a nombrar lo vivido.
Porque cuando denunciar no basta, lo que queda es esto:
dejar registro.
dejar lenguaje.
dejar evidencia simbólica y estructura.
Para que el daño no se repita con la misma impunidad.
📚 Lectura recomendada (para quien quiera profundizar)
- Glen O. Gabbard — Boundaries and Boundary Violations in Psychoanalysis
- Zur Institute — artículos sobre dual relationships y boundary violations
- Michel Foucault — Microfísica del poder (para entender cómo el poder opera en vínculos asimétricos)
- Judith Herman — Trauma and Recovery (silencio, denuncia, credibilidad y trauma)
El Juego Mental del Terapeuta ya está a la venta en:

