13Mar
Pregunta ingenua
Si dos personas interactúan dentro de un consultorio, ¿por qué no analizar lo ocurrido como si se tratara simplemente de dos individuos adultos tomando decisiones?
Respuesta desde la psicología
La pregunta parece neutral, pero introduce un desplazamiento decisivo: borra la naturaleza del vínculo terapéutico.
En psicoterapia no se encuentran simplemente dos personas. Se encuentran un paciente y un profesional investido de una función clínica. Ese encuadre define el proceso terapéutico: el terapeuta posee formación especializada, autoridad técnica y control del contexto en el que se desarrolla el trabajo clínico.
Respuesta desde la psicología
La pregunta parece neutral, pero introduce un desplazamiento decisivo: borra la naturaleza del vínculo terapéutico.
En psicoterapia no se encuentran simplemente dos personas. Se encuentran un paciente y un profesional investido de una función clínica. Ese encuadre define el proceso terapéutico: el terapeuta posee formación especializada, autoridad técnica y control del contexto en el que se desarrolla el trabajo clínico.
Por esa razón, la literatura psicológica describe el vínculo terapéutico como estructuralmente asimétrico. El profesional posee herramientas conceptuales y control del encuadre que el paciente no tiene. Esta asimetría no es un defecto del sistema; es la condición que permite que la psicoterapia exista.
El psiquiatra y psicoanalista Glen O. Gabbard ha señalado que, debido a esta estructura, el terapeuta tiene la responsabilidad ética de sostener los límites del encuadre clínico.
Sin embargo, cuando se cuestiona lo ocurrido dentro de ese espacio, ocurre un fenómeno curioso: la investidura profesional tiende a desaparecer del análisis.
El terapeuta deja de ser considerado en su función clínica y el foco se desplaza hacia la conducta del paciente. Aparecen entonces preguntas dirigidas exclusivamente a quien buscaba ayuda: por qué permaneció, por qué no interrumpió el proceso antes, por qué no actuó de determinada manera.
Estas preguntas parten de una suposición implícita: que el paciente debía poseer el mismo grado de claridad, control y autoridad que el profesional dentro del consultorio.
Pero esa suposición contradice precisamente la estructura del vínculo terapéutico.
La teoría psicoanalítica ya había descrito fenómenos propios de ese espacio clínico. Sigmund Freud introdujo el concepto de transferencia para explicar cómo el paciente puede experimentar emociones intensas dentro del proceso terapéutico. Justamente por ello, el terapeuta está formado para reconocer y manejar estos fenómenos dentro de límites profesionales claros.
La psicología social también ofrece una pista para entender por qué el análisis se desplaza hacia el paciente. El psicólogo Melvin Lerner describió la tendencia humana a preservar la creencia de que el mundo funciona de manera justa y ordenada. Cuando una situación cuestiona a una figura profesional, muchas personas buscan explicaciones que mantengan esa estabilidad.
El resultado es un parámetro difuso: el vínculo terapéutico, que durante el proceso clínico era claramente profesional, pasa a interpretarse como si fuera un intercambio entre individuos en igualdad de condiciones.
Pero ese desplazamiento elimina precisamente el elemento central del análisis.
En psicoterapia, el paciente no ocupa la misma posición que el terapeuta.
Y olvidar esa diferencia no aclara lo ocurrido: lo distorsiona.
Gissella Vega Biorggio
Escritora
El psiquiatra y psicoanalista Glen O. Gabbard ha señalado que, debido a esta estructura, el terapeuta tiene la responsabilidad ética de sostener los límites del encuadre clínico.
Sin embargo, cuando se cuestiona lo ocurrido dentro de ese espacio, ocurre un fenómeno curioso: la investidura profesional tiende a desaparecer del análisis.
El terapeuta deja de ser considerado en su función clínica y el foco se desplaza hacia la conducta del paciente. Aparecen entonces preguntas dirigidas exclusivamente a quien buscaba ayuda: por qué permaneció, por qué no interrumpió el proceso antes, por qué no actuó de determinada manera.
Estas preguntas parten de una suposición implícita: que el paciente debía poseer el mismo grado de claridad, control y autoridad que el profesional dentro del consultorio.
Pero esa suposición contradice precisamente la estructura del vínculo terapéutico.
La teoría psicoanalítica ya había descrito fenómenos propios de ese espacio clínico. Sigmund Freud introdujo el concepto de transferencia para explicar cómo el paciente puede experimentar emociones intensas dentro del proceso terapéutico. Justamente por ello, el terapeuta está formado para reconocer y manejar estos fenómenos dentro de límites profesionales claros.
La psicología social también ofrece una pista para entender por qué el análisis se desplaza hacia el paciente. El psicólogo Melvin Lerner describió la tendencia humana a preservar la creencia de que el mundo funciona de manera justa y ordenada. Cuando una situación cuestiona a una figura profesional, muchas personas buscan explicaciones que mantengan esa estabilidad.
El resultado es un parámetro difuso: el vínculo terapéutico, que durante el proceso clínico era claramente profesional, pasa a interpretarse como si fuera un intercambio entre individuos en igualdad de condiciones.
Pero ese desplazamiento elimina precisamente el elemento central del análisis.
En psicoterapia, el paciente no ocupa la misma posición que el terapeuta.
Y olvidar esa diferencia no aclara lo ocurrido: lo distorsiona.
Gissella Vega Biorggio
Escritora
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