14Jul
El campeonato mundial de la sabiduría retrospectiva
Hay un deporte del que casi nadie habla. Consiste en mirar una historia terminada y explicar, con absoluta seguridad, todo lo que el protagonista debió hacer desde el principio. Es un deporte apasionante porque siempre se gana. Total, el partido ya terminó.
Entonces aparecen los comentaristas profesionales. “¿Cómo no te diste cuenta?”, “Yo, desde la primera sesión, me habría ido”, “Eso era obvio”, “A mí jamás me pasaba”. Son personas extraordinarias. Detectan un mal terapeuta en cinco minutos, reconocen un tratamiento inadecuado con solo mirar una fotografía y descubren una manipulación que ni el propio paciente, sentado frente al profesional durante años, fue capaz de advertir. Lástima que ese talento aparezca únicamente cuando conocen el final de la historia.
Porque hay una pequeña diferencia entre vivir una experiencia y analizarla años después. Cuando uno entra al consultorio no entra a rendir un examen de Psicología. Entra precisamente porque se supone que quien está al otro lado posee conocimientos que uno no tiene. Nadie va al dentista pensando: “Voy a comprobar si realmente ese material es circonio”. Nadie se sube a un taxi pidiendo primero la licencia de conducir. Nadie le exige al médico que le demuestre, con bibliografía en mano, que el tratamiento indicado es correcto. Confiamos. Porque vivir en sociedad exige confiar.
Y, curiosamente, cuando esa confianza se rompe, muchos transforman la confianza en estupidez. Lo que ayer era una condición natural del vínculo hoy pasa a llamarse ingenuidad. Entonces llegan las preguntas: ¿Por qué no te fuiste? ¿Por qué no lo denunciaste antes? ¿Por qué seguiste? ¿Por qué confiaste?
La respuesta suele ser decepcionantemente simple: porque era mi terapeuta, no mi competidor. Aunque, a veces, algunos parecen no advertir la diferencia.
Hay terapeutas que convierten la consulta en una vitrina. La sesión deja de girar alrededor del paciente para convertirse en una exhibición de logros personales. Aparecen los viajes, la despensa, los restaurantes, las botas de cuero argentino de la esposa, los sombreros y las anécdotas cuidadosamente elegidas para recordar quién tiene más experiencia, más mundo, más dinero o mejor gusto. Y cuando al paciente aquello le incomoda, tampoco falta el diagnóstico: “Está celoso”, “No tolera mi éxito”, “No soporta que yo tenga lo que él no tiene”.
Existe, sin embargo, una explicación mucho más sencilla. Quizá el paciente no fue a terapia para admirar el patrimonio del terapeuta. Quizá fue porque necesitaba ser escuchado. Qué idea tan extravagante.
Lo verdaderamente curioso es que, al final, casi nadie se pregunta cómo se construyó esa confianza. Solo observan el desenlace. Es más cómodo juzgar el último capítulo que leer la novela completa. Desde esa comodidad, todos parecen convertirse en expertos.
Yo, en cambio, sigo sospechando que la verdadera inteligencia no consiste en descubrir el error cuando ya ocurrió. Consiste en tener la honestidad de reconocer que, si hubiéramos ocupado el lugar del otro y contado únicamente con la información que él tenía en ese momento, probablemente también habríamos confiado.
Tal vez el verdadero campeonato no sea el de la inteligencia, sino el de la comodidad. Es mucho más fácil juzgar una historia desde la meta que recorrer, paso a paso, el camino que llevó hasta ella.
Entonces aparecen los comentaristas profesionales. “¿Cómo no te diste cuenta?”, “Yo, desde la primera sesión, me habría ido”, “Eso era obvio”, “A mí jamás me pasaba”. Son personas extraordinarias. Detectan un mal terapeuta en cinco minutos, reconocen un tratamiento inadecuado con solo mirar una fotografía y descubren una manipulación que ni el propio paciente, sentado frente al profesional durante años, fue capaz de advertir. Lástima que ese talento aparezca únicamente cuando conocen el final de la historia.
Porque hay una pequeña diferencia entre vivir una experiencia y analizarla años después. Cuando uno entra al consultorio no entra a rendir un examen de Psicología. Entra precisamente porque se supone que quien está al otro lado posee conocimientos que uno no tiene. Nadie va al dentista pensando: “Voy a comprobar si realmente ese material es circonio”. Nadie se sube a un taxi pidiendo primero la licencia de conducir. Nadie le exige al médico que le demuestre, con bibliografía en mano, que el tratamiento indicado es correcto. Confiamos. Porque vivir en sociedad exige confiar.
Y, curiosamente, cuando esa confianza se rompe, muchos transforman la confianza en estupidez. Lo que ayer era una condición natural del vínculo hoy pasa a llamarse ingenuidad. Entonces llegan las preguntas: ¿Por qué no te fuiste? ¿Por qué no lo denunciaste antes? ¿Por qué seguiste? ¿Por qué confiaste?
La respuesta suele ser decepcionantemente simple: porque era mi terapeuta, no mi competidor. Aunque, a veces, algunos parecen no advertir la diferencia.
Hay terapeutas que convierten la consulta en una vitrina. La sesión deja de girar alrededor del paciente para convertirse en una exhibición de logros personales. Aparecen los viajes, la despensa, los restaurantes, las botas de cuero argentino de la esposa, los sombreros y las anécdotas cuidadosamente elegidas para recordar quién tiene más experiencia, más mundo, más dinero o mejor gusto. Y cuando al paciente aquello le incomoda, tampoco falta el diagnóstico: “Está celoso”, “No tolera mi éxito”, “No soporta que yo tenga lo que él no tiene”.
Existe, sin embargo, una explicación mucho más sencilla. Quizá el paciente no fue a terapia para admirar el patrimonio del terapeuta. Quizá fue porque necesitaba ser escuchado. Qué idea tan extravagante.
Lo verdaderamente curioso es que, al final, casi nadie se pregunta cómo se construyó esa confianza. Solo observan el desenlace. Es más cómodo juzgar el último capítulo que leer la novela completa. Desde esa comodidad, todos parecen convertirse en expertos.
Yo, en cambio, sigo sospechando que la verdadera inteligencia no consiste en descubrir el error cuando ya ocurrió. Consiste en tener la honestidad de reconocer que, si hubiéramos ocupado el lugar del otro y contado únicamente con la información que él tenía en ese momento, probablemente también habríamos confiado.
Tal vez el verdadero campeonato no sea el de la inteligencia, sino el de la comodidad. Es mucho más fácil juzgar una historia desde la meta que recorrer, paso a paso, el camino que llevó hasta ella.



