13Jul
¿Desde dónde se mira?
La justicia suele formular una misma pregunta: ¿qué ocurrió?
Es una pregunta necesaria. Pero no es la primera.
Antes existe otra, mucho menos visible.
¿Desde dónde estamos mirando aquello que ocurrió?
Toda decisión judicial es también una forma de mirar. Ninguna interpretación nace en el vacío. Se construye a partir de categorías jurídicas, conocimientos técnicos, experiencias previas y, muchas veces, de determinadas ideas acerca de cómo deberían comportarse las personas.
Por eso el verdadero desafío no consiste únicamente en valorar pruebas. Consiste en reconocer desde qué lugar se las está valorando.
Hay relaciones cuya característica principal no es la fuerza física, sino la autoridad.
Sin embargo, cuando esas relaciones ingresan a un expediente, ocurre una transformación curiosa. La investidura que organizó el vínculo parece desaparecer. De pronto ya no existe un terapeuta y un paciente, un profesor y un alumno, un director y un subordinado. Solo quedan dos personas frente a una reconstrucción de los hechos.
La igualdad jurídica es un principio indispensable.
Pero quizá esa igualdad formal no siempre alcanza para comprender cómo opera el poder dentro de ciertas relaciones.
No toda forma de sometimiento deja hematomas.
No toda violencia necesita gritos.
Y no toda obediencia nace de la libertad.
A veces el verdadero problema no consiste en establecer si alguien dijo "sí" o "no", sino en preguntarse qué lugar ocupaba quien podía influir sobre ese consentimiento.
La justicia tiene el deber de reconstruir hechos.
Pero reconstruir no significa únicamente ordenar pruebas.
También exige comprender la naturaleza del vínculo del que esas pruebas provienen.
Porque las personas no llegan a un proceso llevando solamente documentos.
Llegan llevando una experiencia.
Y toda experiencia corre el riesgo de empobrecerse cuando solo puede ser leída desde categorías que no alcanzan a contenerla.
Quizá el acto de juzgar comience mucho antes de dictar una resolución.
Comience, simplemente, en el lugar desde el cual decidimos mirar.
Es una pregunta necesaria. Pero no es la primera.
Antes existe otra, mucho menos visible.
¿Desde dónde estamos mirando aquello que ocurrió?
Toda decisión judicial es también una forma de mirar. Ninguna interpretación nace en el vacío. Se construye a partir de categorías jurídicas, conocimientos técnicos, experiencias previas y, muchas veces, de determinadas ideas acerca de cómo deberían comportarse las personas.
Por eso el verdadero desafío no consiste únicamente en valorar pruebas. Consiste en reconocer desde qué lugar se las está valorando.
Hay relaciones cuya característica principal no es la fuerza física, sino la autoridad.
Sin embargo, cuando esas relaciones ingresan a un expediente, ocurre una transformación curiosa. La investidura que organizó el vínculo parece desaparecer. De pronto ya no existe un terapeuta y un paciente, un profesor y un alumno, un director y un subordinado. Solo quedan dos personas frente a una reconstrucción de los hechos.
La igualdad jurídica es un principio indispensable.
Pero quizá esa igualdad formal no siempre alcanza para comprender cómo opera el poder dentro de ciertas relaciones.
No toda forma de sometimiento deja hematomas.
No toda violencia necesita gritos.
Y no toda obediencia nace de la libertad.
A veces el verdadero problema no consiste en establecer si alguien dijo "sí" o "no", sino en preguntarse qué lugar ocupaba quien podía influir sobre ese consentimiento.
La justicia tiene el deber de reconstruir hechos.
Pero reconstruir no significa únicamente ordenar pruebas.
También exige comprender la naturaleza del vínculo del que esas pruebas provienen.
Porque las personas no llegan a un proceso llevando solamente documentos.
Llegan llevando una experiencia.
Y toda experiencia corre el riesgo de empobrecerse cuando solo puede ser leída desde categorías que no alcanzan a contenerla.
Quizá el acto de juzgar comience mucho antes de dictar una resolución.
Comience, simplemente, en el lugar desde el cual decidimos mirar.



