18Abr
¡Es duelo y duele!
El duelo duele (y no, no ayuda que lo minimicen)
Hay frases que no son inocentes.
Se dicen como si fueran verdades universales, casi filosóficas, como si vinieran envueltas en una especie de sabiduría que nadie pidió. “Todos nos vamos a morir”, por ejemplo. O esa otra, que pretende ser consuelo y termina siendo una reducción brutal de la experiencia humana: “se muere el perro, se muere el gato”.
El problema no es la literalidad de esas frases. El problema es el “todos”. Ese “todos” que aplana, que borra, que convierte una pérdida única en una estadística. Ese “todos” que no acompaña, que no mira, que no se detiene. Ese “todos” que llega cuando alguien ha dicho, con claridad, que no está listo para hablar, y aun así es empujado a una especie de resignación obligatoria.
Hay una violencia sutil —y a veces no tan sutil— en la necesidad de algunas personas de decir algo, cualquier cosa, frente al dolor ajeno. Como si el silencio fuera incómodo, como si el dolor del otro exigiera ser rápidamente domesticado, reducido, encajado en una frase que lo vuelva manejable. Desde la psicología, esto no es menor. Se trata de invalidación emocional: una forma de respuesta en la que la experiencia del otro es minimizada, corregida o sustituida por una idea más tolerable para quien escucha. Muchas veces se sostiene, además, en mecanismos como la intelectualización, que reemplaza el contacto emocional por una explicación abstracta, o en una franca evitación del malestar, donde lo importante no es acompañar, sino dejar de sentirse incómodo frente al dolor ajeno. Porque no, no todas las muertes son iguales. No todas las ausencias ocupan el mismo lugar. No todos los vínculos pueden ser intercambiables en una frase rápida que pretende cerrar lo que ni siquiera ha sido abierto. El duelo no necesita explicaciones universales. Necesita presencia. Necesita respeto. Necesita, sobre todo, silencio cuando el otro no puede hablar.
Se dicen como si fueran verdades universales, casi filosóficas, como si vinieran envueltas en una especie de sabiduría que nadie pidió. “Todos nos vamos a morir”, por ejemplo. O esa otra, que pretende ser consuelo y termina siendo una reducción brutal de la experiencia humana: “se muere el perro, se muere el gato”.
El problema no es la literalidad de esas frases. El problema es el “todos”. Ese “todos” que aplana, que borra, que convierte una pérdida única en una estadística. Ese “todos” que no acompaña, que no mira, que no se detiene. Ese “todos” que llega cuando alguien ha dicho, con claridad, que no está listo para hablar, y aun así es empujado a una especie de resignación obligatoria.
Hay una violencia sutil —y a veces no tan sutil— en la necesidad de algunas personas de decir algo, cualquier cosa, frente al dolor ajeno. Como si el silencio fuera incómodo, como si el dolor del otro exigiera ser rápidamente domesticado, reducido, encajado en una frase que lo vuelva manejable. Desde la psicología, esto no es menor. Se trata de invalidación emocional: una forma de respuesta en la que la experiencia del otro es minimizada, corregida o sustituida por una idea más tolerable para quien escucha. Muchas veces se sostiene, además, en mecanismos como la intelectualización, que reemplaza el contacto emocional por una explicación abstracta, o en una franca evitación del malestar, donde lo importante no es acompañar, sino dejar de sentirse incómodo frente al dolor ajeno. Porque no, no todas las muertes son iguales. No todas las ausencias ocupan el mismo lugar. No todos los vínculos pueden ser intercambiables en una frase rápida que pretende cerrar lo que ni siquiera ha sido abierto. El duelo no necesita explicaciones universales. Necesita presencia. Necesita respeto. Necesita, sobre todo, silencio cuando el otro no puede hablar.
Pero el duelo no es manejable.
El duelo no es una idea. Es una experiencia que desarma. Y en ese desarme, lo último que alguien necesita es que le recuerden lo obvio, lo inevitable, lo genérico.
Quien atraviesa un duelo no ignora que todos vamos a morir. Lo que ocurre es que, en ese momento, hay alguien que ya no está. Y ese alguien no es reemplazable por un “todos”.
Hay algo profundamente desconsiderado en esa urgencia de normalizar la pérdida. Como si el dolor tuviera que ser rápidamente integrado, entendido, superado. Como si la tristeza necesitara justificarse frente a una lógica que no le pertenece.
Y, sin embargo, hay un detalle que rara vez se menciona: quienes reducen el dolor ajeno suelen exigir, cuando les toca, todo aquello que no supieron dar.
Esperan paciencia.
Esperan ternura.
Esperan escucha.
No quieren teorías. No quieren frases hechas. No quieren ser corregidos.
Quieren exactamente lo que antes negaron.
Ahí es donde el problema deja de ser torpeza y empieza a parecer otra cosa: una forma de vínculo profundamente asimétrica, donde la empatía no es un valor compartido, sino un recurso que se exige en una sola dirección.
No, el duelo no es inmadurez. No es falta de perspectiva. No es incapacidad de aceptar la realidad.
El duelo es, en muchos casos, la forma más honesta de reconocer que algo —o alguien— tuvo un valor irreductible.
Y frente a eso, quizá lo único verdaderamente digno que puede hacerse es acompañar sin invadir. Estar sin explicar. Escuchar sin corregir. Porque hay momentos en los que decir menos no es falta de empatía.
Es, precisamente, la única forma de tenerla. Y entonces la pregunta queda abierta, inevitable:
¿A alguien le ha aliviado el duelo que le digan “todos nos vamos a morir”?
¿Alguien ha encontrado consuelo en un “se muere el perro, se muere el gato”?
Si la respuesta es no —y suele serlo—, quizá no estamos frente a una torpeza ingenua, sino frente a una forma de desconsideración que convendría empezar a nombrar.
Gissella Vega Biorggio
Quien atraviesa un duelo no ignora que todos vamos a morir. Lo que ocurre es que, en ese momento, hay alguien que ya no está. Y ese alguien no es reemplazable por un “todos”.
Hay algo profundamente desconsiderado en esa urgencia de normalizar la pérdida. Como si el dolor tuviera que ser rápidamente integrado, entendido, superado. Como si la tristeza necesitara justificarse frente a una lógica que no le pertenece.
Y, sin embargo, hay un detalle que rara vez se menciona: quienes reducen el dolor ajeno suelen exigir, cuando les toca, todo aquello que no supieron dar.
Esperan paciencia.
Esperan ternura.
Esperan escucha.
No quieren teorías. No quieren frases hechas. No quieren ser corregidos.
Quieren exactamente lo que antes negaron.
Ahí es donde el problema deja de ser torpeza y empieza a parecer otra cosa: una forma de vínculo profundamente asimétrica, donde la empatía no es un valor compartido, sino un recurso que se exige en una sola dirección.
No, el duelo no es inmadurez. No es falta de perspectiva. No es incapacidad de aceptar la realidad.
El duelo es, en muchos casos, la forma más honesta de reconocer que algo —o alguien— tuvo un valor irreductible.
Y frente a eso, quizá lo único verdaderamente digno que puede hacerse es acompañar sin invadir. Estar sin explicar. Escuchar sin corregir. Porque hay momentos en los que decir menos no es falta de empatía.
Es, precisamente, la única forma de tenerla. Y entonces la pregunta queda abierta, inevitable:
¿A alguien le ha aliviado el duelo que le digan “todos nos vamos a morir”?
¿Alguien ha encontrado consuelo en un “se muere el perro, se muere el gato”?
Si la respuesta es no —y suele serlo—, quizá no estamos frente a una torpeza ingenua, sino frente a una forma de desconsideración que convendría empezar a nombrar.
Gissella Vega Biorggio



