12Mar
Memoria, poder y la confusión
Hay situaciones humanas en las que la memoria no se presenta como un archivo ordenado, sino como un territorio en disputa.
La psicología ha descrito un fenómeno particular que suele aparecer en relaciones marcadas por una fuerte carga emocional y por dinámicas de poder: la confusión narrativa, o lo que algunos investigadores describen como una distorsión de la memoria bajo coerción emocional. No se trata de que los hechos desaparezcan, sino de que la experiencia vivida queda rodeada de reinterpretaciones, negaciones y versiones contradictorias que, con el tiempo, erosionan la confianza en la propia percepción.
Cuando esto ocurre, la memoria deja de ser simplemente recuerdo y se convierte en un campo donde distintas narrativas compiten por imponerse. Una de ellas suele buscar claridad; la otra, con frecuencia, persigue algo distinto: sembrar duda.
“¿Por qué no habló en ese momento?”
Este mecanismo ha sido ampliamente estudiado en psicología bajo distintas formas de manipulación relacional. Uno de los términos más conocidos es gaslighting, concepto popularizado en investigaciones sobre manipulación psicológica, donde una persona niega hechos, reinterpreta eventos o introduce versiones alternativas con el objetivo de desestabilizar la percepción del otro. La consecuencia no siempre es el olvido, sino algo más sutil: la progresiva sensación de que recordar con precisión se vuelve cada vez más difícil.
A esta dinámica suele añadirse un fenómeno social aún más desconcertante: la culpabilización de la víctima (victim blaming). En lugar de examinar las conductas de quien ejercía poder o influencia, el foco se desplaza hacia quien intenta reconstruir lo ocurrido. Surgen entonces preguntas aparentemente lógicas, pero profundamente problemáticas:
“¿Por qué no se fue antes?”
“¿Por qué no habló en ese momento?”
“¿Por qué tardó tanto en recordarlo con claridad?”
Estas preguntas, lejos de esclarecer los hechos, ignoran una realidad documentada por la investigación psicológica: cuando la confianza y la autoridad se entrelazan, la comprensión de lo vivido puede tomar años. A veces décadas.
Las relaciones marcadas por asimetrías de poder —aquellas en las que una persona ocupa un rol de guía, autoridad o confianza— crean contextos especialmente complejos para interpretar los acontecimientos en tiempo real. La misma estructura que debería ofrecer protección o acompañamiento puede transformarse, en ciertos casos, en el terreno donde se producen las mayores distorsiones narrativas.
Por eso la memoria, en estos escenarios, no es simplemente una cuestión individual. Es también un proceso que involucra poder, lenguaje y legitimidad.
Comprender estos fenómenos no es solo un ejercicio académico. Es una herramienta para que las sociedades puedan distinguir entre la confusión genuina de quien intenta reconstruir su experiencia y las narrativas estratégicamente diseñadas para desdibujarla.
La psicología contemporánea ha dedicado importantes investigaciones a estas dinámicas. Entre los autores que han estudiado estos procesos se encuentran Jennifer Freyd, conocida por su teoría del trauma de traición (Betrayal Trauma); Robin Stern, autora de The Gaslight Effect, uno de los textos más citados sobre manipulación psicológica; y Lundy Bancroft, cuyo libro Why Does He Do That? analiza las dinámicas de control y distorsión psicológica en relaciones de poder.
Comprender estas ideas permite algo fundamental: reconocer que la memoria no siempre se enfrenta al paso del tiempo, sino también a algo mucho más complejo —las narrativas que intentan reescribirla.
Para quienes deseen explorar estas dinámicas desde una perspectiva narrativa y crítica aplicada al ámbito terapéutico, puede consultarse también el libro El juego mental del terapeuta, autor Gissella Vega Biorggio ,donde se examinan los mecanismos psicológicos que pueden aparecer cuando la autoridad profesional se transforma en un instrumento de manipulación.
Porque, a veces, recordar no es simplemente un acto de memoria. Es también un acto de resistencia narrativa.
A esta dinámica suele añadirse un fenómeno social aún más desconcertante: la culpabilización de la víctima (victim blaming). En lugar de examinar las conductas de quien ejercía poder o influencia, el foco se desplaza hacia quien intenta reconstruir lo ocurrido. Surgen entonces preguntas aparentemente lógicas, pero profundamente problemáticas:
“¿Por qué no se fue antes?”
“¿Por qué no habló en ese momento?”
“¿Por qué tardó tanto en recordarlo con claridad?”
Estas preguntas, lejos de esclarecer los hechos, ignoran una realidad documentada por la investigación psicológica: cuando la confianza y la autoridad se entrelazan, la comprensión de lo vivido puede tomar años. A veces décadas.
Las relaciones marcadas por asimetrías de poder —aquellas en las que una persona ocupa un rol de guía, autoridad o confianza— crean contextos especialmente complejos para interpretar los acontecimientos en tiempo real. La misma estructura que debería ofrecer protección o acompañamiento puede transformarse, en ciertos casos, en el terreno donde se producen las mayores distorsiones narrativas.
Por eso la memoria, en estos escenarios, no es simplemente una cuestión individual. Es también un proceso que involucra poder, lenguaje y legitimidad.
Comprender estos fenómenos no es solo un ejercicio académico. Es una herramienta para que las sociedades puedan distinguir entre la confusión genuina de quien intenta reconstruir su experiencia y las narrativas estratégicamente diseñadas para desdibujarla.
La psicología contemporánea ha dedicado importantes investigaciones a estas dinámicas. Entre los autores que han estudiado estos procesos se encuentran Jennifer Freyd, conocida por su teoría del trauma de traición (Betrayal Trauma); Robin Stern, autora de The Gaslight Effect, uno de los textos más citados sobre manipulación psicológica; y Lundy Bancroft, cuyo libro Why Does He Do That? analiza las dinámicas de control y distorsión psicológica en relaciones de poder.
Comprender estas ideas permite algo fundamental: reconocer que la memoria no siempre se enfrenta al paso del tiempo, sino también a algo mucho más complejo —las narrativas que intentan reescribirla.
Para quienes deseen explorar estas dinámicas desde una perspectiva narrativa y crítica aplicada al ámbito terapéutico, puede consultarse también el libro El juego mental del terapeuta, autor Gissella Vega Biorggio ,donde se examinan los mecanismos psicológicos que pueden aparecer cuando la autoridad profesional se transforma en un instrumento de manipulación.
Porque, a veces, recordar no es simplemente un acto de memoria. Es también un acto de resistencia narrativa.



