08May
Salve, resistencia al análisis
Existe una frase que muchas personas han escuchado alguna vez dentro de ciertos espacios terapéuticos: “Te estás resistiendo al análisis”.
Y hay que reconocerlo: es una frase brillante. Funciona para casi todo. ¿No quieres continuar? Resistencia. ¿Algo del vínculo terapéutico te incomodó? Resistencia. ¿Sentiste que algo no te hacía bien? Más resistencia todavía. ¿Te atreviste a cuestionar al terapeuta? Felicitaciones: acabas de desbloquear un nivel superior de resistencia al análisis.
La frase tiene una eficacia admirable, porque convierte cualquier desacuerdo en una prueba más de que el terapeuta tenía razón desde el principio. Y así, poco a poco, la experiencia subjetiva de quien consulta empieza a perder valor frente a la interpretación del especialista. Lo que tú sientes ya no necesariamente es válido por sí mismo: ahora debe pasar primero por traducción clínica.
Curioso mecanismo.
Porque entonces disentir deja de ser una posibilidad humana y empieza a parecer un síntoma.
Y aquí aparece una pregunta bastante menos popular: ¿qué ocurre cuando quien se resiste al análisis no es la persona que consulta, sino el propio terapeuta?
Existe una fantasía social bastante extendida según la cual estudiar psicología convertiría automáticamente a alguien en un ser emocionalmente resuelto, éticamente impecable y psicológicamente inmune. Como si el título funcionara como vacuna. Y no. Los terapeutas siguen siendo seres humanos. Con ego, inseguridades, necesidad de validación, puntos ciegos, mecanismos de defensa y dificultad para aceptar críticas. Porque estudiar la conducta humana no elimina la condición humana.
Pero además existe otro fenómeno interesante: vivimos en una época donde mandar al otro “a terapia” se ha convertido, a veces, en una forma elegante de evitar mirarse a uno mismo. El problema siempre parece estar en otro. El otro es el complejo, el inestable, el que “debería trabajarse”. Y mientras tanto, quien señala queda cómodamente instalado en el lugar del equilibrio.
Tal vez por eso ciertas frases merecen ser observadas con más cuidado.
Porque no toda retirada es negación. No toda incomodidad es patología. Y no todo cuestionamiento es resistencia.
A veces, también es lucidez.
Y hay que reconocerlo: es una frase brillante. Funciona para casi todo. ¿No quieres continuar? Resistencia. ¿Algo del vínculo terapéutico te incomodó? Resistencia. ¿Sentiste que algo no te hacía bien? Más resistencia todavía. ¿Te atreviste a cuestionar al terapeuta? Felicitaciones: acabas de desbloquear un nivel superior de resistencia al análisis.
La frase tiene una eficacia admirable, porque convierte cualquier desacuerdo en una prueba más de que el terapeuta tenía razón desde el principio. Y así, poco a poco, la experiencia subjetiva de quien consulta empieza a perder valor frente a la interpretación del especialista. Lo que tú sientes ya no necesariamente es válido por sí mismo: ahora debe pasar primero por traducción clínica.
Curioso mecanismo.
Porque entonces disentir deja de ser una posibilidad humana y empieza a parecer un síntoma.
Y aquí aparece una pregunta bastante menos popular: ¿qué ocurre cuando quien se resiste al análisis no es la persona que consulta, sino el propio terapeuta?
Existe una fantasía social bastante extendida según la cual estudiar psicología convertiría automáticamente a alguien en un ser emocionalmente resuelto, éticamente impecable y psicológicamente inmune. Como si el título funcionara como vacuna. Y no. Los terapeutas siguen siendo seres humanos. Con ego, inseguridades, necesidad de validación, puntos ciegos, mecanismos de defensa y dificultad para aceptar críticas. Porque estudiar la conducta humana no elimina la condición humana.
Pero además existe otro fenómeno interesante: vivimos en una época donde mandar al otro “a terapia” se ha convertido, a veces, en una forma elegante de evitar mirarse a uno mismo. El problema siempre parece estar en otro. El otro es el complejo, el inestable, el que “debería trabajarse”. Y mientras tanto, quien señala queda cómodamente instalado en el lugar del equilibrio.
Tal vez por eso ciertas frases merecen ser observadas con más cuidado.
Porque no toda retirada es negación. No toda incomodidad es patología. Y no todo cuestionamiento es resistencia.
A veces, también es lucidez.
Bibliografía sugerida:
- El hombre en busca de sentido.
- sicoterapia y existencialismo.
- El malestar en la cultura.
- Ética y deontología para psicólogos.
- Código de Ética del Colegio de Psicólogos del Perú.
- El juego mental del terapeuta.
El Juego Mental del Terapeuta ya está a la venta en:



