Durante mucho tiempo hemos aprendido a mirar ciertas profesiones como si otorgaran algo más que conocimiento. Como si entregaran una especie de superioridad emocional, ética o incluso humana.
Sucede con frecuencia en el mundo de la salud mental.
Existe una tendencia social a asumir que quien estudia psicología necesariamente posee una vida emocional resuelta, una capacidad impecable para vincularse y una comprensión casi transparente de sí mismo y de los demás.
Pero estudiar la mente humana no vuelve inmune a la condición humana.
Los terapeutas siguen siendo personas. Con historia, contradicciones, heridas, sesgos, inseguridades y puntos ciegos. Y quizá recordar eso no debilita la profesión, sino que la vuelve más honesta.
¿Quién analiza al analista?
El problema comienza cuando el conocimiento especializado deja de convivir con la autocrítica.
Porque toda profesión que trabaja con vulnerabilidad humana implica también una relación de poder. El terapeuta no ocupa un lugar neutral: posee lenguaje técnico, autoridad interpretativa y acceso a aspectos profundamente íntimos de la vida de otras personas.
Y precisamente por eso la ética resulta tan importante.
No se trata de negar el valor de la psicología ni de desacreditar el acompañamiento terapéutico. Se trata de recordar que ninguna profesión debería quedar fuera de la posibilidad de ser observada, cuestionada o revisada.
Tal vez una de las formas más peligrosas de autoridad sea aquella que se percibe a sí misma como incapaz de equivocarse.
Quizá por eso la pregunta sigue siendo válida:
¿Quién analiza al analista?
Bienvenida a mi espacio, soy Gissella Vega Biorggio, educadora, escritora y creadora de contenido. Aquí encontrarás mis proyectos, reflexiones y publicaciones.
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