04Feb
Cuando buscar la voz propia implica no desaparecer
Se habla mucho de “encontrar la voz interior”. Como si la voz fuera algo que se implanta desde afuera o se copiara de alguien más. Sin embargo, la voz no se aprende por imitación ni por corrección permanente del gesto, el tono o la forma. La voz existe antes del método. Todos nacemos con ella. Lo que suele faltar no es técnica, sino condiciones de seguridad para que pueda aparecer..
Por eso resulta problemático pensar que alguien puede “darte” tu voz. Acompañar no es moldear. Guiar no es dirigir el cuerpo del otro. La voz propia no emerge cuando se obedece, sino cuando se deja de vigilarse. Y eso no se logra repitiendo fórmulas, sino habilitando espacios donde la persona no tenga que defenderse para existir.
Por eso resulta problemático pensar que alguien puede “darte” tu voz. Acompañar no es moldear. Guiar no es dirigir el cuerpo del otro. La voz propia no emerge cuando se obedece, sino cuando se deja de vigilarse. Y eso no se logra repitiendo fórmulas, sino habilitando espacios donde la persona no tenga que defenderse para existir.
Aquí aparece un segundo punto delicado: la confianza. Cuando una persona se abre —en terapia, en formación, en mentorías o en cualquier espacio de acompañamiento— no está entregando contenido, está entregando vida. Historia. Fragilidad. Y no toda escucha es ética
En El juego mental del terapeuta aprendí a reconocer un riesgo silencioso pero frecuente: la instrumentalización. Ocurre cuando quien escucha deja de ver a la persona como sujeto y comienza a verla como recurso. Recurso emocional, narrativo, simbólico. En ese punto, la relación se vuelve asimétrica: uno expone, el otro administra. Y la vulnerabilidad, lejos de ser cuidada, empieza a ser usada.
Cuando esto sucede, la persona no se siente acompañada, sino evaluada. No se expande, se contrae. Y aparece una sensación difícil de nombrar: hablar “demasiado”, molestar, ocupar espacio. El problema no es haber hablado, sino haber sido recibida desde un lugar que no sostiene.
Por eso el tercer punto es esencial y no admite ambigüedades: no te encojas ante nadie.”
Si un espacio —del tipo que sea— te invita, directa o indirectamente, a no hablar, no incomodar, no existir del todo, no es un espacio de crecimiento. Es un espacio de adaptación forzada. A veces se presenta como aceptación, pero en realidad exige anulación. Y eso nunca conduce a la voz propia: conduce al eco.
Retirarse de un lugar que te achica no es fragilidad. Es criterio. Elegir no exponerse donde no hay cuidado no es miedo. Es lucidez.
Estas reflexiones nacen de una experiencia personal profunda y están desarrolladas en mi libro El juego mental del terapeuta, donde analizo cómo operan las dinámicas de poder, silenciamiento e instrumentalización en espacios que prometen ayuda.
En El juego mental del terapeuta aprendí a reconocer un riesgo silencioso pero frecuente: la instrumentalización. Ocurre cuando quien escucha deja de ver a la persona como sujeto y comienza a verla como recurso. Recurso emocional, narrativo, simbólico. En ese punto, la relación se vuelve asimétrica: uno expone, el otro administra. Y la vulnerabilidad, lejos de ser cuidada, empieza a ser usada.
Cuando esto sucede, la persona no se siente acompañada, sino evaluada. No se expande, se contrae. Y aparece una sensación difícil de nombrar: hablar “demasiado”, molestar, ocupar espacio. El problema no es haber hablado, sino haber sido recibida desde un lugar que no sostiene.
Por eso el tercer punto es esencial y no admite ambigüedades: no te encojas ante nadie.”
Si un espacio —del tipo que sea— te invita, directa o indirectamente, a no hablar, no incomodar, no existir del todo, no es un espacio de crecimiento. Es un espacio de adaptación forzada. A veces se presenta como aceptación, pero en realidad exige anulación. Y eso nunca conduce a la voz propia: conduce al eco.
Retirarse de un lugar que te achica no es fragilidad. Es criterio. Elegir no exponerse donde no hay cuidado no es miedo. Es lucidez.
Estas reflexiones nacen de una experiencia personal profunda y están desarrolladas en mi libro El juego mental del terapeuta, donde analizo cómo operan las dinámicas de poder, silenciamiento e instrumentalización en espacios que prometen ayuda.
Hablar no debería costarte existir.
Y ningún proceso auténtico debería pedirte que te apagues para ser aceptada.
El Juego Mental del Terapeuta ya está a la venta en:



