30May
Cómo deberían procesarse las cosas
Hay una idea bastante instalada sobre cómo deberían procesarse las cosas.
Se dice —y es cierto— que nunca terminamos de conocer del todo a los demás. Pero también es cierto que, a veces, lo poco que alcanzamos a ver debería bastar para tomar distancia. No por dramatismo, sino por claridad.
Hoy no quiero hablar de duelos en sí. Quiero hablar de algo más cotidiano y, quizá, más silencioso: la forma en que las personas procesan lo que les ocurre.
Se dice —y es cierto— que nunca terminamos de conocer del todo a los demás. Pero también es cierto que, a veces, lo poco que alcanzamos a ver debería bastar para tomar distancia. No por dramatismo, sino por claridad.
Hoy no quiero hablar de duelos en sí. Quiero hablar de algo más cotidiano y, quizá, más silencioso: la forma en que las personas procesan lo que les ocurre.
Hay quienes atraviesan situaciones difíciles con una velocidad que impresiona. Resuelven, avanzan, continúan. Y no solo eso: muchas veces convierten esa rapidez en una medida de valor. La lucidez, la frialdad, la capacidad de “entender rápido” se vuelven sinónimo de fortaleza.
Y precisamente por eso la ética resulta tan importante.
Desde ahí, todo lo demás parece debilidad.
La persona que se toma más tiempo, que no logra “pasar página” con la misma facilidad, que se detiene, que se quiebra, que duda… queda rápidamente etiquetada. Demasiado sensible. Demasiado emocional. Poco práctica. Poco hábil.
Y sí, esa lógica también se refuerza socialmente. Se aplaude la eficiencia emocional, el pragmatismo, la capacidad de seguir adelante sin ruido. Como si lo complejo pudiera resolverse a la velocidad de un argumento bien armado.
Pero no todo en la vida es racionalizable.
Y no todo se procesa igual.
Siempre me he preguntado qué ocurre con aquello que no logra seguir ese ritmo.
¿Dónde van las emociones que no encajan en la velocidad del otro?
¿Dónde se quedan los pensamientos que no alcanzan a cerrarse a tiempo?
¿Qué pasa con lo que no se puede explicar ni ordenar con claridad inmediata?
No desaparecen.
Tampoco se resuelven por decreto.
Simplemente toman otros caminos.
A veces se quedan en el cuerpo.
A veces se transforman en silencio.
A veces encuentran una forma de decirse en lenguajes menos directos, menos evidentes, pero no por eso menos reales.
No todas las personas procesan hacia afuera.
Algunas procesan hacia adentro.
Y eso no es una falla.
Es otra forma de atravesar lo que ocurre.
Lo que sí resulta problemático es la imposición de una única manera válida de procesar. La idea de que sentir rápido es mejor que sentir profundo. Que avanzar sin detenerse es más sano que detenerse lo necesario.
Hay quienes no se anestesian con ruido, ni con distracciones, ni con olvidos forzados.
Hay quienes transitan lo que les pasa, incluso cuando eso implica ir más lento que los demás.
Y en ese “ir más lento”, muchas veces, se sostiene algo que no siempre se ve: una forma distinta de fortaleza.
Tal vez no se trata de aprender a procesar más rápido, sino de dejar de medir la fortaleza en términos de velocidad.
Tal vez no todo lo que tarda… está mal.
Gissella Vega Biorggio
Y precisamente por eso la ética resulta tan importante.
Desde ahí, todo lo demás parece debilidad.
La persona que se toma más tiempo, que no logra “pasar página” con la misma facilidad, que se detiene, que se quiebra, que duda… queda rápidamente etiquetada. Demasiado sensible. Demasiado emocional. Poco práctica. Poco hábil.
Y sí, esa lógica también se refuerza socialmente. Se aplaude la eficiencia emocional, el pragmatismo, la capacidad de seguir adelante sin ruido. Como si lo complejo pudiera resolverse a la velocidad de un argumento bien armado.
Pero no todo en la vida es racionalizable.
Y no todo se procesa igual.
Siempre me he preguntado qué ocurre con aquello que no logra seguir ese ritmo.
¿Dónde van las emociones que no encajan en la velocidad del otro?
¿Dónde se quedan los pensamientos que no alcanzan a cerrarse a tiempo?
¿Qué pasa con lo que no se puede explicar ni ordenar con claridad inmediata?
No desaparecen.
Tampoco se resuelven por decreto.
Simplemente toman otros caminos.
A veces se quedan en el cuerpo.
A veces se transforman en silencio.
A veces encuentran una forma de decirse en lenguajes menos directos, menos evidentes, pero no por eso menos reales.
No todas las personas procesan hacia afuera.
Algunas procesan hacia adentro.
Y eso no es una falla.
Es otra forma de atravesar lo que ocurre.
Lo que sí resulta problemático es la imposición de una única manera válida de procesar. La idea de que sentir rápido es mejor que sentir profundo. Que avanzar sin detenerse es más sano que detenerse lo necesario.
Hay quienes no se anestesian con ruido, ni con distracciones, ni con olvidos forzados.
Hay quienes transitan lo que les pasa, incluso cuando eso implica ir más lento que los demás.
Y en ese “ir más lento”, muchas veces, se sostiene algo que no siempre se ve: una forma distinta de fortaleza.
Tal vez no se trata de aprender a procesar más rápido, sino de dejar de medir la fortaleza en términos de velocidad.
Tal vez no todo lo que tarda… está mal.
Gissella Vega Biorggio



