12Ago
La palabra bajo sospecha
La palabra bajo sospecha
Breve manual para atravesar una declaración sin tropezarse con un adverbio
Uno entra a una declaración con una ingenuidad conmovedora: cree que ha venido, simplemente, a contar lo que ocurrió. Grave error. La persona llega pensando que su tarea consiste en algo aparentemente sencillo: sentarse, escuchar preguntas y recordar. Pero descubre, a los dos minutos, que no solo importa qué dice, sino la precisión matemática con la que escoge cada sílaba.
La verdad, resulta, no era una historia; era un campo minado.
De pronto, el castellano cotidiano se convierte en un terreno peligroso. Palabras nobles y habituales como creo, supongo, recuerdo, aproximadamente, me pareció o sentí adquieren consecuencias insospechadas. Pronunciar un inofensivo «supongo» activa de inmediato una alarma en la sala:
—¿Entonces usted no está segura?
Y mientras tanto, la mente del narrador responde en silencio: No. Lo que ocurre es que tampoco tengo acceso por Bluetooth al cerebro de los demás.
Bienvenido a El Juzgatorio en su estado más puro.
En este punto, la sala de declaraciones deja de parecer una oficina pública y se transforma en un museo de alta seguridad a medianoche. Entrar allí es como intentar robar La Gioconda.
Un rayo láser rojo: «creo».
Otro láser: «supongo».
Uno más, a ras del suelo: «no recuerdo exactamente».
Y un haz cruzado a la altura del cuello: «me pareció».
Para avanzar hay que hacer contorsionismo lingüístico: agacharse, doblar la espalda y calcular milimétricamente cómo decir lo que se quiere decir sin que lo dicho termine significando exactamente lo contrario.
Es así como nace el narrador vigilante.
Ocurre entonces un fenómeno psicológico fascinante: uno empieza a escucharse a sí mismo mientras habla. Ya no solo está recordando los hechos; ahora supervisa el recuerdo en tiempo real.
¿Dije demasiado? ¿Dije demasiado poco? ¿Puedo decir «sentí» o tengo que decir «observé»? ¿Estoy siendo demasiado precisa? ¿Y si peco de imprecisa? ¿Estaré respirando con una seguridad sospechosa?
Para quien ha atravesado antes una relación terapéutica compleja o un proceso de recuperación emocional, el escenario resulta particularmente paradójico. Se ha trabajado durante años para recuperar la confianza en la propia percepción, en la intuición y en la propia voz. Y, de pronto, tiempo después, se desembarca en un procedimiento con reglas, contradicción y derecho de defensa donde vuelve el eco:
¿Está segura?
¿Cómo lo sabe?
¿Por qué lo interpretó así?
Por supuesto, no se trata de equiparar ambos escenarios. Los contextos y sus finalidades son radicalmente distintos. La defensa tiene todo el derecho de defender: debe preguntar, cuestionar, señalar inconsistencias y disputar interpretaciones. Ese es su trabajo legal.
Pero El Juzgatorio no cuestiona el Derecho, sino que observa algo distinto: la experiencia de la persona sentada al otro lado de la mesa.
Porque la memoria emocional, lamentablemente, no siempre clasifica las categorías jurídicas con la misma pulcritud que un código procesal.
Ahí es donde aparece la mordaza contemporánea.
Ya no se trata del clásico «cállese». La mordaza moderna es mucho más sofisticada. Suena aproximadamente así:
Hable usted todo lo que quiera, pero tenga un cuidado feroz con cada palabra que elija.
Y aparece una paradoja extraña: se tiene todo el permiso del mundo para hablar y, al mismo tiempo, una cautela casi paralizante ante la posibilidad de hablar mal.
Entonces toca regresar al mapa de los rayos láser, pero ahora con otro peso a cuestas.
Uno entró creyendo que venía a contar una historia y descubre que el verdadero arte consistía también en aprender a atravesarla.
Levante una pierna.
Agache la cabeza.
Cuidado con «creo».
No toque «supongo».
Pase con sigilo por debajo de «me pareció».
Y, por favor, procure no tropezarse con un adverbio.
Cuando finalmente se logra salir al otro lado, queda flotando una pregunta:
¿En qué momento contar lo que ocurrió se convirtió también en tener miedo de las palabras elegidas para contarlo?
Tal vez esa sea la mordaza más extraña de todas: la que no impide hablar, sino la que consigue que uno empiece a desconfiar de sus propias palabras.
Breve manual para atravesar una declaración sin tropezarse con un adverbio
Uno entra a una declaración con una ingenuidad conmovedora: cree que ha venido, simplemente, a contar lo que ocurrió. Grave error. La persona llega pensando que su tarea consiste en algo aparentemente sencillo: sentarse, escuchar preguntas y recordar. Pero descubre, a los dos minutos, que no solo importa qué dice, sino la precisión matemática con la que escoge cada sílaba.
La verdad, resulta, no era una historia; era un campo minado.
De pronto, el castellano cotidiano se convierte en un terreno peligroso. Palabras nobles y habituales como creo, supongo, recuerdo, aproximadamente, me pareció o sentí adquieren consecuencias insospechadas. Pronunciar un inofensivo «supongo» activa de inmediato una alarma en la sala:
—¿Entonces usted no está segura?
Y mientras tanto, la mente del narrador responde en silencio: No. Lo que ocurre es que tampoco tengo acceso por Bluetooth al cerebro de los demás.
Bienvenido a El Juzgatorio en su estado más puro.
En este punto, la sala de declaraciones deja de parecer una oficina pública y se transforma en un museo de alta seguridad a medianoche. Entrar allí es como intentar robar La Gioconda.
Un rayo láser rojo: «creo».
Otro láser: «supongo».
Uno más, a ras del suelo: «no recuerdo exactamente».
Y un haz cruzado a la altura del cuello: «me pareció».
Para avanzar hay que hacer contorsionismo lingüístico: agacharse, doblar la espalda y calcular milimétricamente cómo decir lo que se quiere decir sin que lo dicho termine significando exactamente lo contrario.
Es así como nace el narrador vigilante.
Ocurre entonces un fenómeno psicológico fascinante: uno empieza a escucharse a sí mismo mientras habla. Ya no solo está recordando los hechos; ahora supervisa el recuerdo en tiempo real.
¿Dije demasiado? ¿Dije demasiado poco? ¿Puedo decir «sentí» o tengo que decir «observé»? ¿Estoy siendo demasiado precisa? ¿Y si peco de imprecisa? ¿Estaré respirando con una seguridad sospechosa?
Para quien ha atravesado antes una relación terapéutica compleja o un proceso de recuperación emocional, el escenario resulta particularmente paradójico. Se ha trabajado durante años para recuperar la confianza en la propia percepción, en la intuición y en la propia voz. Y, de pronto, tiempo después, se desembarca en un procedimiento con reglas, contradicción y derecho de defensa donde vuelve el eco:
¿Está segura?
¿Cómo lo sabe?
¿Por qué lo interpretó así?
Por supuesto, no se trata de equiparar ambos escenarios. Los contextos y sus finalidades son radicalmente distintos. La defensa tiene todo el derecho de defender: debe preguntar, cuestionar, señalar inconsistencias y disputar interpretaciones. Ese es su trabajo legal.
Pero El Juzgatorio no cuestiona el Derecho, sino que observa algo distinto: la experiencia de la persona sentada al otro lado de la mesa.
Porque la memoria emocional, lamentablemente, no siempre clasifica las categorías jurídicas con la misma pulcritud que un código procesal.
Ahí es donde aparece la mordaza contemporánea.
Ya no se trata del clásico «cállese». La mordaza moderna es mucho más sofisticada. Suena aproximadamente así:
Hable usted todo lo que quiera, pero tenga un cuidado feroz con cada palabra que elija.
Y aparece una paradoja extraña: se tiene todo el permiso del mundo para hablar y, al mismo tiempo, una cautela casi paralizante ante la posibilidad de hablar mal.
Entonces toca regresar al mapa de los rayos láser, pero ahora con otro peso a cuestas.
Uno entró creyendo que venía a contar una historia y descubre que el verdadero arte consistía también en aprender a atravesarla.
Levante una pierna.
Agache la cabeza.
Cuidado con «creo».
No toque «supongo».
Pase con sigilo por debajo de «me pareció».
Y, por favor, procure no tropezarse con un adverbio.
Cuando finalmente se logra salir al otro lado, queda flotando una pregunta:
¿En qué momento contar lo que ocurrió se convirtió también en tener miedo de las palabras elegidas para contarlo?
Tal vez esa sea la mordaza más extraña de todas: la que no impide hablar, sino la que consigue que uno empiece a desconfiar de sus propias palabras.



