12Ago
La doble carga: cuando el camino hacia la reparación se convierte en desgaste
El acto de señalar una irregularidad, una vulneración o una mala práctica —especialmente en ámbitos tan sensibles como la salud mental o la atención médica— debería ser el comienzo de un camino hacia la reparación. Sin embargo, para muchas personas, decidir hablar abre un recorrido mucho más complejo de lo que alguna vez imaginaron.
Porque nadie vive una experiencia dolorosa pensando que algún día tendrá que probarla.
Nadie camina por la vida con una cámara permanentemente encendida, registrando conversaciones, guardando cada mensaje o memorizando fechas, horas y lugares ante la posibilidad de que, tiempo después, alguien le pregunte exactamente qué ocurrió. Vivimos los acontecimientos como podemos. Y muchas veces es recién después, cuando intentamos comprenderlos o ponerlos en conocimiento de una institución, cuando descubrimos que nuestros recuerdos tendrán que convertirse también en pruebas.
El peso de volver a contar
Uno de los aspectos más agotadores de estos procesos no es solamente la burocracia. Es tener que regresar una y otra vez al mismo lugar de la memoria.
Uno de los aspectos más agotadores de estos procesos no es solamente la burocracia. Es tener que regresar una y otra vez al mismo lugar de la memoria.
¿Qué ocurrió?
¿Cuándo ocurrió?
¿Dónde estaba usted?
¿Qué hizo después?
¿Por qué reaccionó de esa manera?
¿Está segura?
Para quien formula estas preguntas, probablemente sea la primera vez que escucha la historia. Para quien responde, puede ser la quinta, la décima o la vigésima vez que tiene que reconstruirla.
Y allí aparece una contradicción dolorosa: mientras una parte de nosotros intenta tomar distancia de aquello que nos hizo daño, el procedimiento puede exigirnos volver, recordar, ordenar y explicar nuevamente lo que quisiéramos comenzar a dejar atrás.
A veces pienso que se parece a cargar un cajón que uno habría querido abandonar hace tiempo. Cada nueva instancia pide abrirlo otra vez, sacar las mismas cosas, colocarlas sobre una mesa y explicar a desconocidos de dónde vino cada una. Después hay que guardarlas nuevamente y continuar caminando con el cajón a cuestas.
La imposible obligación de haberlo previsto
Toda investigación necesita pruebas. Toda persona señalada tiene derecho a defenderse y toda institución tiene la obligación de contrastar versiones. Sin esas garantías tampoco existiría justicia.
El problema comienza cuando la necesaria búsqueda de certeza termina convirtiéndose, para quien denuncia, en la sensación de que debería haber previsto el daño mientras lo estaba viviendo.
Como si hubiera debido saber que aquella conversación sería importante. Como si hubiera tenido que conservar aquel mensaje. Como si debiera recordar una fecha exacta años después. Como si, además de vivir una experiencia difícil, hubiera tenido que documentarla simultáneamente para un observador futuro.
Esa exigencia puede producir una forma particular de impotencia: saber lo que uno vivió y, al mismo tiempo, descubrir lo difícil que puede resultar demostrarlo.
Cuando también intervienen los prejuicios
A esta dificultad pueden sumarse los sesgos con los que todavía interpretamos el comportamiento de quienes denuncian, particularmente cuando se trata de mujeres.
Persisten expectativas acerca de cómo debería comportarse alguien que ha atravesado una experiencia vulneradora: cuánto debería recordar, cómo debería expresarse, cuánto debería emocionarse o cuánto debería contenerse para resultar creíble.
Si llora demasiado, puede parecer excesivamente emocional. Si no llora, quizá se cuestione cuánto le afectó. Si recuerda muchos detalles, alguien podría pensar que ha preparado su relato; si olvida una fecha, otro podría considerar que su memoria es insuficiente.
Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿existe realmente una manera correcta de contar aquello que nos hizo daño?
Cuando buscar una respuesta también agota
El peligro de estos recorridos es que llega un momento en que el cansancio puede ocupar el lugar de la búsqueda inicial de reparación.
No necesariamente porque aquello que ocurrió haya dejado de importar, sino porque explicar, demostrar, reconstruir y esperar también consume recursos emocionales.
Y entonces puede aparecer la resignación: la sensación de que quizá habría sido más sencillo callar.
Esa conclusión debería preocuparnos como sociedad. Porque cuando una persona abandona un procedimiento únicamente porque ya no soporta continuar explicándose, no necesariamente significa que el problema haya desaparecido. A veces significa solamente que el camino terminó siendo más pesado que las fuerzas disponibles para recorrerlo.
Investigar sin volver a herir
Una sociedad necesita mecanismos rigurosos para determinar qué ocurrió. Investigar significa preguntar, contrastar y verificar. Proteger los derechos de todas las partes también forma parte de la justicia.
Pero rigor y humanidad no deberían ser conceptos enfrentados.
Quizá el verdadero desafío sea construir procedimientos capaces de investigar sin convertir la búsqueda de reparación en una segunda carga; capaces de pedir pruebas sin exigir que alguien haya vivido anticipándose a la necesidad de probar; capaces de escuchar sin obligar a una persona a permanecer indefinidamente dentro del peor capítulo de su historia.
Porque llega un momento en que quien decidió hablar ya no quiere seguir demostrando que sufrió.
Quiere empezar, sencillamente, a vivir después de aquello.
Nadie camina por la vida con una cámara permanentemente encendida, registrando conversaciones, guardando cada mensaje o memorizando fechas, horas y lugares ante la posibilidad de que, tiempo después, alguien le pregunte exactamente qué ocurrió. Vivimos los acontecimientos como podemos. Y muchas veces es recién después, cuando intentamos comprenderlos o ponerlos en conocimiento de una institución, cuando descubrimos que nuestros recuerdos tendrán que convertirse también en pruebas.
El peso de volver a contar
Uno de los aspectos más agotadores de estos procesos no es solamente la burocracia. Es tener que regresar una y otra vez al mismo lugar de la memoria.
Uno de los aspectos más agotadores de estos procesos no es solamente la burocracia. Es tener que regresar una y otra vez al mismo lugar de la memoria.
¿Qué ocurrió?
¿Cuándo ocurrió?
¿Dónde estaba usted?
¿Qué hizo después?
¿Por qué reaccionó de esa manera?
¿Está segura?
Para quien formula estas preguntas, probablemente sea la primera vez que escucha la historia. Para quien responde, puede ser la quinta, la décima o la vigésima vez que tiene que reconstruirla.
Y allí aparece una contradicción dolorosa: mientras una parte de nosotros intenta tomar distancia de aquello que nos hizo daño, el procedimiento puede exigirnos volver, recordar, ordenar y explicar nuevamente lo que quisiéramos comenzar a dejar atrás.
A veces pienso que se parece a cargar un cajón que uno habría querido abandonar hace tiempo. Cada nueva instancia pide abrirlo otra vez, sacar las mismas cosas, colocarlas sobre una mesa y explicar a desconocidos de dónde vino cada una. Después hay que guardarlas nuevamente y continuar caminando con el cajón a cuestas.
La imposible obligación de haberlo previsto
Toda investigación necesita pruebas. Toda persona señalada tiene derecho a defenderse y toda institución tiene la obligación de contrastar versiones. Sin esas garantías tampoco existiría justicia.
El problema comienza cuando la necesaria búsqueda de certeza termina convirtiéndose, para quien denuncia, en la sensación de que debería haber previsto el daño mientras lo estaba viviendo.
Como si hubiera debido saber que aquella conversación sería importante. Como si hubiera tenido que conservar aquel mensaje. Como si debiera recordar una fecha exacta años después. Como si, además de vivir una experiencia difícil, hubiera tenido que documentarla simultáneamente para un observador futuro.
Esa exigencia puede producir una forma particular de impotencia: saber lo que uno vivió y, al mismo tiempo, descubrir lo difícil que puede resultar demostrarlo.
Cuando también intervienen los prejuicios
A esta dificultad pueden sumarse los sesgos con los que todavía interpretamos el comportamiento de quienes denuncian, particularmente cuando se trata de mujeres.
Persisten expectativas acerca de cómo debería comportarse alguien que ha atravesado una experiencia vulneradora: cuánto debería recordar, cómo debería expresarse, cuánto debería emocionarse o cuánto debería contenerse para resultar creíble.
Si llora demasiado, puede parecer excesivamente emocional. Si no llora, quizá se cuestione cuánto le afectó. Si recuerda muchos detalles, alguien podría pensar que ha preparado su relato; si olvida una fecha, otro podría considerar que su memoria es insuficiente.
Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿existe realmente una manera correcta de contar aquello que nos hizo daño?
Cuando buscar una respuesta también agota
El peligro de estos recorridos es que llega un momento en que el cansancio puede ocupar el lugar de la búsqueda inicial de reparación.
No necesariamente porque aquello que ocurrió haya dejado de importar, sino porque explicar, demostrar, reconstruir y esperar también consume recursos emocionales.
Y entonces puede aparecer la resignación: la sensación de que quizá habría sido más sencillo callar.
Esa conclusión debería preocuparnos como sociedad. Porque cuando una persona abandona un procedimiento únicamente porque ya no soporta continuar explicándose, no necesariamente significa que el problema haya desaparecido. A veces significa solamente que el camino terminó siendo más pesado que las fuerzas disponibles para recorrerlo.
Investigar sin volver a herir
Una sociedad necesita mecanismos rigurosos para determinar qué ocurrió. Investigar significa preguntar, contrastar y verificar. Proteger los derechos de todas las partes también forma parte de la justicia.
Pero rigor y humanidad no deberían ser conceptos enfrentados.
Quizá el verdadero desafío sea construir procedimientos capaces de investigar sin convertir la búsqueda de reparación en una segunda carga; capaces de pedir pruebas sin exigir que alguien haya vivido anticipándose a la necesidad de probar; capaces de escuchar sin obligar a una persona a permanecer indefinidamente dentro del peor capítulo de su historia.
Porque llega un momento en que quien decidió hablar ya no quiere seguir demostrando que sufrió.
Quiere empezar, sencillamente, a vivir después de aquello.
Para seguir leyendo
- • El juego mental del terapeuta — Gissella Vega Biorggio
Una reflexión sobre las relaciones de poder, los límites profesionales y las consecuencias que puede tener la vulneración de la confianza dentro de un espacio concebido originalmente para el cuidado.. - • El consentimiento — Vanessa Springora
Un testimonio sobre poder, manipulación y el complejo proceso de encontrar las palabras con las que nombrar, años después, aquello que se vivió. - • Indignadas — Lucía Lijtmaer
Un ensayo que permite pensar el descrédito, la rabia femenina y las formas sociales mediante las cuales determinadas experiencias de las mujeres han sido históricamente interpretadas y cuestionadas.



