02Sep
La reciprocidad
Vivimos, como todos sabemos, en una sociedad profundamente tolerante. Nos fascina la diversidad, respetamos las diferencias y jamás intentaríamos convertir nuestras preferencias personales en reglamento interno para los demás.
Por supuesto.
Si yo tomo hasta el amanecer y tú no, jamás concluiré que eres una sobrada. Si vivo a cuarenta kilómetros y no vienes a visitarme, comprenderé perfectamente que la geografía existe. Si adoro las zapatillas y tú apareces con zapatos, recordaré inmediatamente que tus pies no están bajo mi jurisdicción.
Y si te envío fotografías, noticias, logros, canciones, preocupaciones y pequeñas epopeyas familiares, naturalmente entenderé que el interés funciona en ambas direcciones. Porque sería rarísimo esperar que tú celebres mi mundo mientras el tuyo se me pasa.
Eso no ocurre.
Debe haberte pasado solamente a ti.
La reciprocidad, por supuesto, tampoco exige equivalencia matemática. No significa: me felicitaste con cuatro palabras, te corresponden cuatro palabras mías. Viste siete minutos de mi video, ahora léete ciento ochenta páginas de mi libro. Eso sería una contabilidad afectiva bastante miserable.
La pregunta es mucho más sencilla: ¿existe circulación?
¿Tu mundo puede entrar en nuestra relación y el mío también? ¿O yo soy, fundamentalmente, público de tu vida?
Porque uno puede pasar muchísimo tiempo siendo un público estupendo. Preguntar. Escuchar. Felicitar. Mirar fotografías. Interesarse por personas que no conoce. Oír canciones que jamás habría buscado. Aprender nombres, enfermedades, viajes, hijos, perros, trabajos, disgustos y pequeñas tragedias domésticas.
Hasta que un día ocurre una cosa bastante vulgar: uno mira hacia el otro lado de la conversación y descubre que allí casi nunca hubo nadie preguntando.
Y entonces cambia.
Después vienen las preguntas.
¿Por qué ya no llamas?
¿Por qué estás tan distante?
¿Por qué antes eras más cariñosa?
¿Por qué ya no preguntas por mis cosas?
Qué misterio.
Quizá preguntó durante años.
Quizá celebró durante años.
Quizá escuchó durante años.
Quizá durante años confundimos su atención con una prestación permanente del vínculo.
Y aquí sucede algo particularmente interesante: la falta de reciprocidad no solamente desgasta una relación. A veces también modifica a quien la experimenta.
Una persona que antes preguntaba espontáneamente puede empezar a contenerse. Alguien que contaba sus cosas deja de contarlas. Quien se alegraba con facilidad empieza a administrar su entusiasmo. No necesariamente como castigo. A veces simplemente porque ha aprendido a reconocer ciertas arquitecturas.
Hay relaciones en las que uno habla y el otro escucha.
Uno enseña y el otro aprende.
Uno interpreta y el otro se explica.
Uno decide qué merece atención y el otro presta atención.
Hasta que el segundo descubre que lleva años ocupando el mismo puesto.
Y entonces aparece una palabra peligrosa: simetría.
No la simetría perfecta, porque semejante cosa probablemente no existe. Hay días en que alguien necesita hablar durante dos horas y nosotros solamente escuchar. Hay épocas en las que uno tiene mucho más para dar. La reciprocidad humana no funciona con calculadora.
Pero una cosa es atravesar una temporada desigual y otra muy distinta descubrir que la desigualdad es el diseño.
Lo curioso es que casi nadie se reconoce en ese diseño.
Nadie dice: “Sí, claro, considero mis gustos bastante más interesantes que los tuyos”.
Nadie confiesa: “Me encanta que preguntes por mi vida, pero la tuya me da una flojera espantosa”.
Mucho menos: “Creo que mis preferencias deberían servirte como programa de mejoramiento personal”.
No.
Todos somos democráticos.
Todos respetamos profundamente la individualidad.
Todos aceptamos al otro tal como es.
Por supuesto.
Hasta que el otro ejerce la descortesía de ser otro.
Y quizá por eso algunas personas terminamos desarrollando una sensibilidad poco decorativa para ciertas cosas. Empezamos a detectar cuándo la curiosidad viaja siempre en una dirección, cuándo la celebración tiene un solo destinatario o cuándo la diferencia es bienvenida siempre que no incomode demasiado.
Desde fuera puede parecer frialdad.
Puede parecer distancia.
Puede incluso parecer que alguien “ha cambiado”.
Y probablemente ha cambiado.
Las relaciones también nos enseñan maneras de relacionarnos. Algunas nos enseñan a abrirnos. Otras, a callarnos. Algunas despiertan curiosidad. Otras nos enseñan a guardar nuestras cosas porque hemos comprobado que allí no encuentran dónde posarse.
Lo complicado es no permitir que ese aprendizaje termine convirtiéndonos exactamente en aquello de lo que intentábamos alejarnos.
No se trata de dejar de mirar el mundo del otro porque el otro no miró el nuestro.
Se trata, quizá, de escoger mejor dónde ponemos nuestra curiosidad, nuestro tiempo y nuestra capacidad de celebrar.
Porque alegrarse por alguien debería seguir siendo una alegría, no una obligación contractual.
Escuchar debería seguir siendo un gesto de encuentro, no el puesto que nos asignaron.
Y pertenecer debería permitirnos ocupar una silla.
No pasarnos la vida de pie, sirviendo los tragos.
Pero seguramente estoy exagerando.
Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad profundamente tolerante.
Por supuesto.
Por supuesto.
Si yo tomo hasta el amanecer y tú no, jamás concluiré que eres una sobrada. Si vivo a cuarenta kilómetros y no vienes a visitarme, comprenderé perfectamente que la geografía existe. Si adoro las zapatillas y tú apareces con zapatos, recordaré inmediatamente que tus pies no están bajo mi jurisdicción.
Y si te envío fotografías, noticias, logros, canciones, preocupaciones y pequeñas epopeyas familiares, naturalmente entenderé que el interés funciona en ambas direcciones. Porque sería rarísimo esperar que tú celebres mi mundo mientras el tuyo se me pasa.
Eso no ocurre.
Debe haberte pasado solamente a ti.
La reciprocidad, por supuesto, tampoco exige equivalencia matemática. No significa: me felicitaste con cuatro palabras, te corresponden cuatro palabras mías. Viste siete minutos de mi video, ahora léete ciento ochenta páginas de mi libro. Eso sería una contabilidad afectiva bastante miserable.
La pregunta es mucho más sencilla: ¿existe circulación?
¿Tu mundo puede entrar en nuestra relación y el mío también? ¿O yo soy, fundamentalmente, público de tu vida?
Porque uno puede pasar muchísimo tiempo siendo un público estupendo. Preguntar. Escuchar. Felicitar. Mirar fotografías. Interesarse por personas que no conoce. Oír canciones que jamás habría buscado. Aprender nombres, enfermedades, viajes, hijos, perros, trabajos, disgustos y pequeñas tragedias domésticas.
Hasta que un día ocurre una cosa bastante vulgar: uno mira hacia el otro lado de la conversación y descubre que allí casi nunca hubo nadie preguntando.
Y entonces cambia.
Después vienen las preguntas.
¿Por qué ya no llamas?
¿Por qué estás tan distante?
¿Por qué antes eras más cariñosa?
¿Por qué ya no preguntas por mis cosas?
Qué misterio.
Quizá preguntó durante años.
Quizá celebró durante años.
Quizá escuchó durante años.
Quizá durante años confundimos su atención con una prestación permanente del vínculo.
Y aquí sucede algo particularmente interesante: la falta de reciprocidad no solamente desgasta una relación. A veces también modifica a quien la experimenta.
Una persona que antes preguntaba espontáneamente puede empezar a contenerse. Alguien que contaba sus cosas deja de contarlas. Quien se alegraba con facilidad empieza a administrar su entusiasmo. No necesariamente como castigo. A veces simplemente porque ha aprendido a reconocer ciertas arquitecturas.
Hay relaciones en las que uno habla y el otro escucha.
Uno enseña y el otro aprende.
Uno interpreta y el otro se explica.
Uno decide qué merece atención y el otro presta atención.
Hasta que el segundo descubre que lleva años ocupando el mismo puesto.
Y entonces aparece una palabra peligrosa: simetría.
No la simetría perfecta, porque semejante cosa probablemente no existe. Hay días en que alguien necesita hablar durante dos horas y nosotros solamente escuchar. Hay épocas en las que uno tiene mucho más para dar. La reciprocidad humana no funciona con calculadora.
Pero una cosa es atravesar una temporada desigual y otra muy distinta descubrir que la desigualdad es el diseño.
Lo curioso es que casi nadie se reconoce en ese diseño.
Nadie dice: “Sí, claro, considero mis gustos bastante más interesantes que los tuyos”.
Nadie confiesa: “Me encanta que preguntes por mi vida, pero la tuya me da una flojera espantosa”.
Mucho menos: “Creo que mis preferencias deberían servirte como programa de mejoramiento personal”.
No.
Todos somos democráticos.
Todos respetamos profundamente la individualidad.
Todos aceptamos al otro tal como es.
Por supuesto.
Hasta que el otro ejerce la descortesía de ser otro.
Y quizá por eso algunas personas terminamos desarrollando una sensibilidad poco decorativa para ciertas cosas. Empezamos a detectar cuándo la curiosidad viaja siempre en una dirección, cuándo la celebración tiene un solo destinatario o cuándo la diferencia es bienvenida siempre que no incomode demasiado.
Desde fuera puede parecer frialdad.
Puede parecer distancia.
Puede incluso parecer que alguien “ha cambiado”.
Y probablemente ha cambiado.
Las relaciones también nos enseñan maneras de relacionarnos. Algunas nos enseñan a abrirnos. Otras, a callarnos. Algunas despiertan curiosidad. Otras nos enseñan a guardar nuestras cosas porque hemos comprobado que allí no encuentran dónde posarse.
Lo complicado es no permitir que ese aprendizaje termine convirtiéndonos exactamente en aquello de lo que intentábamos alejarnos.
No se trata de dejar de mirar el mundo del otro porque el otro no miró el nuestro.
Se trata, quizá, de escoger mejor dónde ponemos nuestra curiosidad, nuestro tiempo y nuestra capacidad de celebrar.
Porque alegrarse por alguien debería seguir siendo una alegría, no una obligación contractual.
Escuchar debería seguir siendo un gesto de encuentro, no el puesto que nos asignaron.
Y pertenecer debería permitirnos ocupar una silla.
No pasarnos la vida de pie, sirviendo los tragos.
Pero seguramente estoy exagerando.
Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad profundamente tolerante.
Por supuesto.



