02Sep
Pertenecer sin parecerse
Hay formas de pertenencia que parecen exigir una contraseña: parecerse.
No suele formularse de manera explícita. Nadie nos dice que para formar parte de una familia, una amistad o un grupo debamos vestir igual, compartir los mismos gustos o interpretar el mundo de la misma manera. Sin embargo, a veces la diferencia empieza a tener consecuencias. Una elección recibe una corrección. Un gusto provoca una burla. Una opinión produce distancia. Lo que parecía un vínculo empieza a llenarse de pequeños “deberías”.
No suele formularse de manera explícita. Nadie nos dice que para formar parte de una familia, una amistad o un grupo debamos vestir igual, compartir los mismos gustos o interpretar el mundo de la misma manera. Sin embargo, a veces la diferencia empieza a tener consecuencias. Una elección recibe una corrección. Un gusto provoca una burla. Una opinión produce distancia. Lo que parecía un vínculo empieza a llenarse de pequeños “deberías”.
Durante mucho tiempo pensé que estas experiencias hablaban solamente de incompatibilidad: personas distintas que sencillamente no habían logrado encontrarse. Con los años he empezado a preguntarme si detrás de algunas de ellas existe algo más complejo: nuestra dificultad para permitir que el otro sea verdaderamente otro.
Es fácil afirmar que respetamos las diferencias. Más difícil es hacerlo cuando aparecen delante de nosotros.
Podemos aceptar en abstracto que alguien piense distinto y, sin embargo, sentir la necesidad de corregir su ropa, sus gustos, sus decisiones o su manera de interpretar lo que vive. Podemos interesarnos mucho en que conozca nuestra música, nuestras preocupaciones y nuestras historias, sin advertir que rara vez preguntamos por las suyas.
La reciprocidad no consiste en compartir los mismos intereses ni en llevar una contabilidad de atenciones. Consiste, quizá, en algo más sencillo: reconocer que el mundo del otro también merece espacio dentro del vínculo.
No necesito disfrutar de lo que disfrutas para preguntarte por qué es importante para ti. No necesito haber tomado tu misma decisión para intentar comprenderla. Tampoco necesito estar de acuerdo con tu interpretación para escucharla antes de sustituirla por la mía.
Porque existe una diferencia enorme entre conocer a una persona y clasificarla.
Clasificar es rápido. Basta una conducta, una apariencia o una discrepancia para decidir: es rara, soberbia, complicada, equivocada. Conocer requiere algo bastante más difícil: curiosidad. Preguntar. Escuchar. Y aceptar incluso la posibilidad de que aquello que el otro diga sobre sí mismo contradiga la explicación que nosotros habíamos construido.
El precio de no hacerlo puede ser alto para ambos.
Quien siente que debe parecerse para pertenecer puede empezar cediendo en cosas pequeñas. Calla una preferencia. Evita una discrepancia. Dice que sí para no discutir. Con el tiempo, esa costumbre puede alcanzar territorios mucho más íntimos: permitir que otros expliquen sus decisiones, sus sentimientos e incluso su propia historia.
Tal vez por eso pertenecer de verdad tenga menos que ver con encontrar personas iguales a nosotros y más con encontrar vínculos donde la diferencia no sea una amenaza.
Vínculos en los que podamos decir: no pienso como tú, no elijo como tú, no veo el mundo como tú. Y, aun así, quiero conocerte.
Hay un precio de pertenencia que nunca deberíamos tener que pagar: dejar de ser autores de nuestra propia experiencia.
Quizá pertenecer sea precisamente lo contrario.
Poder quedarse sin tener que parecerse.
Es fácil afirmar que respetamos las diferencias. Más difícil es hacerlo cuando aparecen delante de nosotros.
Podemos aceptar en abstracto que alguien piense distinto y, sin embargo, sentir la necesidad de corregir su ropa, sus gustos, sus decisiones o su manera de interpretar lo que vive. Podemos interesarnos mucho en que conozca nuestra música, nuestras preocupaciones y nuestras historias, sin advertir que rara vez preguntamos por las suyas.
La reciprocidad no consiste en compartir los mismos intereses ni en llevar una contabilidad de atenciones. Consiste, quizá, en algo más sencillo: reconocer que el mundo del otro también merece espacio dentro del vínculo.
No necesito disfrutar de lo que disfrutas para preguntarte por qué es importante para ti. No necesito haber tomado tu misma decisión para intentar comprenderla. Tampoco necesito estar de acuerdo con tu interpretación para escucharla antes de sustituirla por la mía.
Porque existe una diferencia enorme entre conocer a una persona y clasificarla.
Clasificar es rápido. Basta una conducta, una apariencia o una discrepancia para decidir: es rara, soberbia, complicada, equivocada. Conocer requiere algo bastante más difícil: curiosidad. Preguntar. Escuchar. Y aceptar incluso la posibilidad de que aquello que el otro diga sobre sí mismo contradiga la explicación que nosotros habíamos construido.
El precio de no hacerlo puede ser alto para ambos.
Quien siente que debe parecerse para pertenecer puede empezar cediendo en cosas pequeñas. Calla una preferencia. Evita una discrepancia. Dice que sí para no discutir. Con el tiempo, esa costumbre puede alcanzar territorios mucho más íntimos: permitir que otros expliquen sus decisiones, sus sentimientos e incluso su propia historia.
Tal vez por eso pertenecer de verdad tenga menos que ver con encontrar personas iguales a nosotros y más con encontrar vínculos donde la diferencia no sea una amenaza.
Vínculos en los que podamos decir: no pienso como tú, no elijo como tú, no veo el mundo como tú. Y, aun así, quiero conocerte.
Hay un precio de pertenencia que nunca deberíamos tener que pagar: dejar de ser autores de nuestra propia experiencia.
Quizá pertenecer sea precisamente lo contrario.
Poder quedarse sin tener que parecerse.



