13Jul
La segunda asimetría
Se habla mucho de la asimetría que existe cuando una persona ocupa una posición de autoridad frente a otra.
La relación entre un terapeuta y su paciente, entre un profesor y un alumno o entre cualquier profesional y quien deposita en él su confianza, no ocurre entre iguales. Esa diferencia suele reconocerse mientras los hechos están ocurriendo.
Pero hay otra asimetría de la que casi no se habla.
La que comienza cuando alguien intenta explicar lo que vivió.
Entonces aparecen nuevas voces: peritos, abogados, fiscales, jueces. Cada uno tiene la tarea de interpretar unos hechos. Esa es parte de su función. Sin embargo, hay una consecuencia de la que se habla muy poco. Las interpretaciones institucionales no solo producen efectos jurídicos. También dejan efectos interiores.
La relación entre un terapeuta y su paciente, entre un profesor y un alumno o entre cualquier profesional y quien deposita en él su confianza, no ocurre entre iguales. Esa diferencia suele reconocerse mientras los hechos están ocurriendo.
Pero hay otra asimetría de la que casi no se habla.
La que comienza cuando alguien intenta explicar lo que vivió.
Entonces aparecen nuevas voces: peritos, abogados, fiscales, jueces. Cada uno tiene la tarea de interpretar unos hechos. Esa es parte de su función. Sin embargo, hay una consecuencia de la que se habla muy poco. Las interpretaciones institucionales no solo producen efectos jurídicos. También dejan efectos interiores.
Porque una persona no sale de una investigación siendo únicamente alguien que recibió una resolución. Sale preguntándose qué hacer con esa resolución, cómo convivir con ella, cómo impedir que termine ocupando el lugar de su propia experiencia.
Con demasiada facilidad escuchamos frases como: «Así funciona el sistema». «Así piensan algunos fiscales». «Busca jurisprudencia».
Quizá esas frases expliquen el funcionamiento de una institución.
Pero ninguna responde la pregunta que realmente importa.
¿Qué hace una persona cuando la interpretación de una autoridad empieza a competir con la memoria de lo que ella misma vivió?
El verdadero riesgo no es solamente una decisión.
Es que esa decisión termine convirtiéndose en la nueva voz con la que una persona se explique a sí misma.
Conozco ese mecanismo.
No empezó en un expediente.
Empezó muchos años antes, cuando otras personas también parecían saber quién era yo mejor que yo misma.
Por eso escribir dejó de ser un ejercicio literario.
Se convirtió en una forma de conservar un espacio donde mi experiencia pudiera seguir teniendo una voz propia, incluso cuando otros la interpretaran de manera distinta.
Las instituciones tienen el deber de interpretar los hechos.
Las personas, en cambio, tienen otro deber, quizá más difícil: no permitir que ninguna interpretación, por autorizada que sea, sustituya por completo el saber íntimo de aquello que vivieron.
Con demasiada facilidad escuchamos frases como: «Así funciona el sistema». «Así piensan algunos fiscales». «Busca jurisprudencia».
Quizá esas frases expliquen el funcionamiento de una institución.
Pero ninguna responde la pregunta que realmente importa.
¿Qué hace una persona cuando la interpretación de una autoridad empieza a competir con la memoria de lo que ella misma vivió?
El verdadero riesgo no es solamente una decisión.
Es que esa decisión termine convirtiéndose en la nueva voz con la que una persona se explique a sí misma.
Conozco ese mecanismo.
No empezó en un expediente.
Empezó muchos años antes, cuando otras personas también parecían saber quién era yo mejor que yo misma.
Por eso escribir dejó de ser un ejercicio literario.
Se convirtió en una forma de conservar un espacio donde mi experiencia pudiera seguir teniendo una voz propia, incluso cuando otros la interpretaran de manera distinta.
Las instituciones tienen el deber de interpretar los hechos.
Las personas, en cambio, tienen otro deber, quizá más difícil: no permitir que ninguna interpretación, por autorizada que sea, sustituya por completo el saber íntimo de aquello que vivieron.



