14Jul
Habitar el mundo del otro
Vivir con otros exige una renuncia inevitable. Todos cedemos algo para convivir: tiempo, costumbres, palabras, silencios. Es parte de cualquier vínculo. Ninguna relación podría sostenerse si cada uno pretendiera ocupar el centro del universo.
El problema comienza cuando dejamos de ceder pequeñas cosas y empezamos, casi sin advertirlo, a mudarnos al mundo del otro.
No ocurre de un día para otro. Tampoco hace falta que exista manipulación o mala intención. A veces basta con la admiración. O con el deseo de ser aceptados. O con la costumbre de creer que la otra persona sabe más, entiende mejor o tiene una vida más valiosa que la nuestra.
Entonces empezamos a aprender su idioma antes que el propio.
Miramos el mundo desde sus prioridades. Medimos nuestros logros con su regla. Esperamos su aprobación para sentir que una decisión tiene sentido. Poco a poco dejamos de preguntarnos qué pensamos nosotros.
Eso puede ocurrir en una pareja, pero también con un terapeuta, un abogado, un maestro, un jefe, un amigo o incluso un vecino. Cualquier vínculo donde uno de los dos ocupa, sin darse cuenta, el lugar de quien interpreta la realidad mientras el otro aprende a adaptarse.
La psicología tiene un concepto muy hermoso para hablar de esto: la diferenciación. No significa alejarnos de los demás ni volvernos indiferentes. Significa algo mucho más difícil: conservar nuestra identidad mientras permanecemos en relación.
Porque el objetivo de un vínculo nunca debería ser que una persona absorba el universo de la otra.
El problema comienza cuando dejamos de ceder pequeñas cosas y empezamos, casi sin advertirlo, a mudarnos al mundo del otro.
No ocurre de un día para otro. Tampoco hace falta que exista manipulación o mala intención. A veces basta con la admiración. O con el deseo de ser aceptados. O con la costumbre de creer que la otra persona sabe más, entiende mejor o tiene una vida más valiosa que la nuestra.
Entonces empezamos a aprender su idioma antes que el propio.
Miramos el mundo desde sus prioridades. Medimos nuestros logros con su regla. Esperamos su aprobación para sentir que una decisión tiene sentido. Poco a poco dejamos de preguntarnos qué pensamos nosotros.
Eso puede ocurrir en una pareja, pero también con un terapeuta, un abogado, un maestro, un jefe, un amigo o incluso un vecino. Cualquier vínculo donde uno de los dos ocupa, sin darse cuenta, el lugar de quien interpreta la realidad mientras el otro aprende a adaptarse.
La psicología tiene un concepto muy hermoso para hablar de esto: la diferenciación. No significa alejarnos de los demás ni volvernos indiferentes. Significa algo mucho más difícil: conservar nuestra identidad mientras permanecemos en relación.
Porque el objetivo de un vínculo nunca debería ser que una persona absorba el universo de la otra.
Un buen vínculo no pide mudanza.
Permite la visita.
Cada uno entra al mundo del otro con respeto, lo conoce, aprende de él y luego regresa al propio llevando nuevas preguntas, nuevas miradas y quizá alguna certeza distinta. Pero vuelve.
Cuando eso no ocurre, la convivencia deja de ser encuentro y empieza a parecerse a una colonización silenciosa.
Tal vez por eso muchas personas, después de ciertos procesos o de determinadas relaciones, sienten una extraña sensación de vacío. No necesariamente porque hayan perdido a alguien, sino porque dejaron de reconocerse a sí mismas.
Recuperar la propia voz no siempre consiste en hablar más fuerte.
A veces consiste, simplemente, en volver a casa, a ese lugar interior donde nuestras preguntas no necesitan permiso para existir y donde el mundo del otro puede ser admirado sin convertirse, inevitablemente, en el único mundo posible.
Permite la visita.
Cada uno entra al mundo del otro con respeto, lo conoce, aprende de él y luego regresa al propio llevando nuevas preguntas, nuevas miradas y quizá alguna certeza distinta. Pero vuelve.
Cuando eso no ocurre, la convivencia deja de ser encuentro y empieza a parecerse a una colonización silenciosa.
Tal vez por eso muchas personas, después de ciertos procesos o de determinadas relaciones, sienten una extraña sensación de vacío. No necesariamente porque hayan perdido a alguien, sino porque dejaron de reconocerse a sí mismas.
Recuperar la propia voz no siempre consiste en hablar más fuerte.
A veces consiste, simplemente, en volver a casa, a ese lugar interior donde nuestras preguntas no necesitan permiso para existir y donde el mundo del otro puede ser admirado sin convertirse, inevitablemente, en el único mundo posible.
¿Quieres conocer más sobre este tema?
- • Donald Winnicott hablaba del falso self, esa versión de nosotros que aprende a acomodarse para sostener el vínculo.
- • Murray Bowen desarrolló la idea de la diferenciación del self: la capacidad de permanecer siendo uno mismo mientras se está en relación con los demás.
- • Carl Rogers escribió sobre la tendencia a vivir desde las expectativas ajenas cuando el afecto se siente condicionado.
- • Y Martin Buber, desde la filosofía, distinguía entre relacionarnos con el otro como un “Tú” (entre iguales) o convertir la relación en una dinámica donde uno termina ocupando el lugar del que define la realidad del otro.



